Arenas, facciones y las tensiones
Estos días se ha hecho más visible una de las realidades eclesiales que ha acompañado el devenir de la Iglesia Católica en su desarrollo histórico: las tensiones y rupturas.
Desde los textos neotestamentarios se atestigua la existencia de grupos diversos que se confrontan por diversas razones y se armonizan por otras tantas.
El hecho histórico es la ruptura de la Fraternidad de San Pío X con la sede de Roma y con el papado.
Se han vertido toda suerte de opiniones y este escrito quiere tomar otra perspectiva: ver en la Iglesia una arena (que al decir de Víctor Turner es pequeña área, dentro de un campo político, en la que individuos o facciones compiten entre sí) y ver en esos diversos grupos facciones - grupos políticos informales, que se aglutinan en torno a un líder y organizados para un fin concreto -; que ejercen el poder haciendo acopio de diversos capitales: religioso, económico, teológico, pastoral, cultural…
La ruptura de estos días es, además, un síntoma de transformaciones en las personas, las facciones, los grupos y la institucionalidad, transformaciones que muchos no quieren ver y que no se explican solamente por “la secularización” o porque “nos estamos alejando de Dios”; conviene recordar que la versión más dominante sobre la secularización, en la segunda mitad del siglo XX, sostuvo que con ella las sociedades marginarían las experiencias religiosas a la esfera privada de la vida de las personas y perderían relevancia pública produciendo un incremento del ateísmo -cosa que no sucedió - y lo que se provocaría es un pluralismo religioso muy amplio.
A esos procesos de separación de los ámbitos de la vida personal y social de la esfera religiosa hay que aunar transformaciones económicas, culturales y políticas que, además de producir una ruptura con las cosmovisiones religiosas se afianzaron en otras fuentes de sentido que exaltaban al individuo individualizado y que hoy en día subyacen a las formas de vivir en sociedad y por ende en las religiones.
Haciendo el ejercicio (de vigilancia epistemológica) de colocarse desde fuera de los hechos se puede notar que hay una lucha por lograr el objetivo del poder en toda relación social -aquel de imponer la propia voluntad a otros- y esto se ve en las posiciones más visibles de la ruptura y en la menos visible (las de tantas personas-fieles en uno y otro lado). El asunto es que en los esquemas religiosos la realidad del poder tiende a ocultarse, y quizás más fuertemente a negarse… pero está presente y buscando dominar o cuando menos vivir en la “ilusión de dominación” -como ya expresé en 2018-.
Siguiendo en ver “desde fuera” el conflicto plantea una serie de interrogantes relacionadas con la veracidad (de los ritos, las formas, las tradiciones -sí, con minúscula- y la religión). Cuestiones todas que tocan elementos sustantivos del fenómeno religioso (creencias, prácticas, comunidad, moral) y que involucran los elementos funcionales (dar sentido, proveer un orden, incluso dar cosmovisiones y hasta el control de lo incontrolable), que no se resuelven con solo invocar la conservación de tradiciones o con un documento… y que siguen abiertas en este caso y entre tantas facciones y personas dentro de la eclesialidad que las viven “en secreto”…
Las personas que conforman facciones hoy día tienen la posibilidad de vivir las experiencias “a su manera” e incluso en los que invocan la conservación de las tradiciones y la supuesta veracidad de su religión hace este ejercicio de autonomía y de soberanía personalmente y desde su facción, pero esto de la autonomía y soberanía se tiende a invisibilizar en aras de una comunidad y unas formas de comunión que ya no se dan tan fácilmente y que lanzan desafíos a las formas, las creencias y las formas de socialización que se dan por sentadas desde la institucionalidad.
La catolicidad sigue siendo una arena donde hay disputas y como ya había afirmado ese “ser arena” lo viven los creyentes no solo agrupados sino individualmente pues en ellos viven la tensión que provoca la pregunta: “¿estaré viviendo la verdadera religión?”
Es más, como sostuve en 2018, cada persona es una arena, cada movimiento apostólico o grupo dentro del catolicismo también lo es, e ignorar esto es un riesgo grande para todos, pero sobre todo para los clérigos pues cada vez surgen más situaciones de tensión y disputas donde la autoridad clerical (sea la del Papa, la de los obispos e incluso la de los presbíteros es cuestionada), pues como dijo E. Drewermann: “…ya son agua definitivamente pasada los tiempos en los que «el señor cura», como guardián oficial del orden establecido o, en cierta manera, como delegado último de la clase dirigente, constituía el centro espiritual de la vida de su parroquia. Hoy día, doscientos años después de la Revolución Francesa, nadie estará dispuesto a aceptar la palabra de un
párroco por el simple hecho de que es la palabra de un sacerdote. La confianza en una persona, o el hecho de dar crédito a su palabra, ya no depende de su función o de su estatuto social, sino de sus cualidades personales” (Drewermann:1995, 12).
Lo sucedido esta semana cuestiona la autoridad papal y la vida eclesial, tal y como se concibe a partir del Concilio Vaticano II y con la sintonía de la Tradición (una palabra muy llevada y muy traída por unos y otros); distinguir entre esta Tradición y las tradiciones (costumbres) es un asunto clave en esta discusión que, no es, desde mi punto de vista, un asunto solamente de ritos y prácticas, sino de una situación que pregunta por la veracidad de la experiencia religiosa, de las creencias y que supone una lucha por la dominación y con ella por la legitimidad (aceptación) de esas verdades…

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