Infoxicación: cuando comunicarlo todo nos deja sin sentido

 




Vivimos rodeados de información. Nos despertamos con notificaciones, atravesamos el día entre titulares, audios, mensajes, gráficos y opiniones, y lo cerramos desplazando el dedo por una pantalla que nunca se agota. Paradójicamente, en medio de esta abundancia, algo se nos escapa: el sentido. A este fenómeno se le ha llamado infoxicación, una palabra que combina información e intoxicación y que describe con bastante precisión uno de los malestares más característicos de nuestra época.


El término fue propuesto a finales de los años noventa por Alfons Cornella, cuando internet comenzaba a expandirse como promesa de acceso ilimitado al conocimiento. Sin embargo, la intuición es más antigua. Ya en los años setenta, Alvin Toffler advertía que el exceso de información podía convertirse en una carga más que en una ayuda. Hoy esa advertencia parece haberse cumplido con creces: no estamos desinformados, estamos sobreexpuestos.


La infoxicación no consiste únicamente en recibir mucha información, sino en recibirla sin orden, sin jerarquía y sin tiempo para procesarla. Todo parece igualmente urgente, igualmente relevante, igualmente digno de atención. El resultado no es mayor claridad, sino confusión; no es mejor discernimiento, sino cansancio mental. En lugar de ayudarnos a comprender la realidad, la avalancha informativa termina por fragmentarla.


Manuel Castells ayuda a comprender este fenómeno cuando describe nuestra época como una sociedad red, atravesada por flujos constantes de información que circulan a gran velocidad. En este contexto, el problema central ya no es producir información, sino controlar su circulación y su sentido. El poder no está solo en quien habla, sino en quien decide qué se ve, qué se amplifica y qué se pierde en el ruido. La atención humana se convierte así en un bien escaso, y cuando escasea, triunfan los contenidos simples, emocionales y polarizantes. No necesariamente los más verdaderos, ni los más justos, ni los más necesarios.


Desde esta perspectiva, la infoxicación no es un fenómeno neutro. Tiene consecuencias sociales y políticas concretas: debilita el debate público, empobrece la deliberación democrática y dificulta la construcción de consensos. En sociedades altamente conectadas, la abundancia de información no garantiza ciudadanos mejor informados, sino que puede generar desorientación, apatía o radicalización.


Pero hay un nivel más profundo del problema, que el filósofo Byung-Chul Han expone con claridad en La desaparición de los rituales. Según Han, no solo estamos saturados de información, sino también de comunicación. Comunicamos todo, todo el tiempo, sin pausas ni silencios. Y esa hipercomunicación, lejos de fortalecer los vínculos, produce dispersión, cansancio y una sensación persistente de vacío.


Para Han, los rituales cumplían una función esencial: ordenaban el tiempo, marcaban límites y generaban sentido compartido. La comunicación digital, en cambio, es inmediata, acumulativa y efímera. No deja huella ni construye memoria. En lugar de profundizar, desliza; en lugar de reunir, dispersa. La infoxicación se convierte así en una crisis de sentido, donde la información circula sin arraigar y la comunicación pierde su capacidad de humanizar.


Cuando todo se comunica, nada se contempla. Cuando todo se expone, nada se cuida. La transparencia total elimina la distancia necesaria para pensar, escuchar y comprender. En este contexto, la información deja de ser un camino hacia la verdad y se transforma en ruido permanente.


En Costa Rica, estos fenómenos se manifiestan de múltiples maneras. Durante la pandemia de la COVID-19, por ejemplo, no faltó información: sobraron datos, opiniones, interpretaciones y mensajes contradictorios. Junto con comunicados oficiales circularon rumores, cadenas alarmistas y supuestas verdades alternativas. Más que una carencia informativa, lo que se vivió fue una saturación comunicativa que dificultó el discernimiento personal y colectivo.


Algo similar ocurre en los procesos electorales y en los debates sobre políticas públicas. Las redes sociales amplifican emociones, simplifican discusiones complejas y convierten la conversación pública en un espacio de reacciones inmediatas. En ese escenario, no siempre prevalece el mejor argumento, sino el mensaje que logra captar atención por unos segundos más.


La infoxicación también atraviesa la vida cotidiana. Jóvenes y adultos viven expuestos a un flujo constante de estímulos que dificulta la concentración, el silencio y la reflexión. No es casual que, en medio de tanta comunicación, aumenten el cansancio, la ansiedad y la sensación de desconexión interior.


Tal vez el desafío no sea comunicar más, sino comunicar mejor. No informarnos más, sino aprender a detenernos, a filtrar y a jerarquizar. Recuperar espacios de silencio, de lectura pausada y de conversación con sentido. Como sugiere Byung-Chul Han, quizá necesitamos menos ruido y más ritual; menos inmediatez y más profundidad.


En este punto, el discernimiento se vuelve una tarea imprescindible. Discernir no es desconectarse de la realidad ni renunciar a la información, sino aprender a habitarla críticamente. Implica tomarse el tiempo para contrastar fuentes, reconocer intereses, distinguir hechos de opiniones y preguntarse por el sentido de lo que consumimos y compartimos. En un entorno saturado de mensajes, discernir es un acto de responsabilidad personal y social.


En una sociedad red global que se concretiza en sociedades locales como la costarricense, atravesada por flujos constantes de información y comunicación, el discernimiento se convierte también en una práctica comunitaria. No se trata solo de proteger la salud mental o mejorar la calidad del debate público, sino de cuidar la convivencia democrática y el tejido social. Discernir es resistir la lógica de la reacción inmediata, recuperar la pausa y abrir espacios para una palabra que no solo informe, sino que humanice.


Quizá, en medio de la infoxicación, el mayor desafío sea este: aprender a elegir qué escuchar, qué creer y qué compartir, para que la información vuelva a ser camino hacia la comprensión y no un obstáculo para el sentido.


Comentarios

Entradas populares de este blog

Generaciones en el clero

Las mujeres en la Costa Rica de 2026: avances, brechas y desafíos pendientes

Lux