Cuaresma y las prácticas cuaresmales
El tiempo de Cuaresma, inicia con el Miércoles de Ceniza y se prolonga por cuarenta días. Es un tiempo litúrgico que enfatiza la llamada a la conversión y la necesidad de la penitencia.
Desde su inicio, este tiempo cuaresmal, que nos prepara para vivir la Pascua de Jesucristo en sus celebraciones anuales, nos recuerda una serie de prácticas que contribuyen a disponernos para dejar que Dios nos convirtiera y vivamos una auténtica penitencia. Entre ellos se encuentran la oración, la limosna y el ayuno.
Pienso en la oración, siguiendo a Santa Teresa de Ávila, como experiencia de encuentro con el Señor para dejarnos amar por Él, que con todo que conoce quiénes somos y qué hemos hecho, nos ofrece su amor misericordioso.
En cuanto a la limosna, pienso en ella como una invitación de dos direcciones: nos ayuda a descubrir la generosidad de Dios con nosotros y, nos llama a compartir con justicia los bienes recibidos, de tal manera que podamos vivir la caridad como virtud teologal y como “ley de amor”, a este respecto le invito a descargar el subsidio de Cuaresma que hemos preparado en Cáritas Arquidiocesana y que tiene por tema “La caridad fuerza que cambia la realidad” (lo puede obtener aquí: https://www.pscaritasarquisj.org/post/subsidio-cuaresma-2026)
Y en cuanto al ayuno quisiera resaltar que es una práctica que quiere fomentar el dominio propio mediante las privaciones voluntarias. El ayuno consiste en realizar una sola comida al día y se debe vivir el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo. Los demás viernes de Cuaresma se invita a vivir la abstinencia que consiste en no comer carnes. Los creyentes mayores de 14 años y menores de 60 años estamos bajo la obligación de vivir estas privaciones. Están exentos los enfermos, mujeres en estado de gestación o que alimentan a sus bebés y algunos obreros.
También en Cuaresma vivimos el sacramento de la reconciliación y penitencia, comúnmente llamado confesión, que nos reconcilia con Dios, con nosotros mismos y nos invita a hacerlo con los demás y a reparar el daño hecho por nuestros pecados.
Quizás lo más importante es ver que estas prácticas contribuyen al encuentro con el Señor que quiere salvarnos.

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