Clamor del pueblo…

Hace un tiempo atrás escuché a un jerarca católico dirigirse a sus clérigos exhortándolos a estar atentos al clamor del pueblo que pide mantener los templos abiertos.


El Diccionario de la Real Academia Española establece que clamor se define como: “Grito o voz que se profiere con vigor y esfuerzo” (RAE) también indica “Grito vehemente de una multitud. Usado también en sentido figurado”, entonces hablamos de un grito…


En el entorno de la Biblia nos encontramos que clamar tiene distintas acepciones, según el sitio web https://biblicom.org/diccionario/Diccionario-Expositivo-de-palabras-del-Antiguo-Testamento/CLAMAR.html, la palabra CLAMAR se refiere a: “Sha˓aq (6817, צָעַַק), «gritar, clamar, llamar». Este vocablo, que está presente tanto en el hebreo bíblico como en el moderno, tiene el sentido de «gritar, vociferar». El término es casi paralelo al vocablo de sonido muy similar, za˓aq, que también se traduce como «clamar». El verbo sha˓aq se encuentra unas 55 veces en el Antiguo Testamento hebraico y aparece por primera vez en Gén. 4:10: «La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra».

A menudo se usa este término con el sentido de «grito de auxilio». A veces es el ser humano que «clama» a otro ser humano: «El pueblo clamaba al faraón por alimentos» (Gén. 41:55). Con mayor frecuencia es el ser humano que «clama» a Dios por ayuda: «Entonces los hijos de Israel temieron muchísimo y clamaron al Señor » (Éx. 14:10). Los profetas siempre se refieren con sarcasmo a los que adoran ídolos: «Aunque alguien le invoque, no responde» (Isa. 46:7). El mismo término se usa a menudo para expresar «angustia» o «necesidad»: «Esaú… profirió un grito fuerte y muy amargo» (Gén. 27:34).

Za˓aq (2199, זָעַק), «gritar, clamar, llamar». Este término está diseminado a lo largo de toda la historia de la lengua hebrea, incluyendo el hebreo moderno. Se encuentra alrededor de 70 veces en el Antiguo Testamento hebraico. Por primera vez aparece en el relato del sufrimiento durante el cautiverio israelita en Egipto: «Los hijos de Israel gemían a causa de la esclavitud y clamaron a Dios» (Éx. 2:23).

Za˓aq es tal vez el vocablo más usado para indicar un «grito de auxilio» por una emergencia, especialmente «clamar» por ayuda divina. Dios a menudo escuchó este «clamor» en el tiempo de los jueces, cuando Israel se encontraba en problemas debido a su desobediencia (Jueces 3:9, 15; 6:7; 10:10). El vocablo también se usa en súplicas encaminadas a dioses paganos (Jueces 10:14; Jer. 11:12; Juan 1:5). Que za˓aq significa más que un volumen normal de comunicación, lo indica la forma de apelar al rey (2 Sam. 19:28).

El término puede connotar un «grito» de angustia (1 Sam. 4:13), un «grito» de horror (1 Sam. 5:10) o de tristeza (2 Sam. 13:19). En sentido figurado, se dice de una casa que se ha edificado con «injusta ganancia», que «la piedra clamará desde el muro» (Hab. 2:9-11)” (cfr. Biblicom.org -los resaltados los agregué yo-).


Pues bien, el clamor pide atención, ayuda, auxilio. 


Desde que escuché al jerarca católico pensé en dos aspectos: uno el que Dios escucha el clamor de su pueblo y otro en lo que escribí el 2019 -hace 6 años- en mi tesis de maestría y que se relaciona con el contenido del clamor aludido por dicho jerarca, es decir la necesidad de la apertura de los templos. 


En aquel entonces escribí: “…desde las jerarquías, representadas por los clérigos también se regulan los accesos a esos espacios geográficos considerados como sagrados, es decir los templos y capillas, esa regulación surge habitualmente por un mandato del clérigo, quien define cuándo permanece abierto una iglesia o templo y cuando se cierra: “ahora hay que cerrar porque no se puede pagar un sacristán y además se pueden meter a robar” (Clérigo católico, 52 años).

Particularmente, por observación del proponente, se logra ubicar una contradicción entre la practica real de apertura y cierre de los espacios sagrados con lo mandado por el nivel de jerarquía más alto dentro del catolicismo, a saber, el papa Francisco:

La Iglesia está llamada a ser siempre la casa abierta del Padre. Uno de los signos concretos de esa apertura es tener templos con las puertas abiertas en todas partes. De ese modo, si alguien quiere seguir una moción del Espíritu y se acerca buscando a Dios, no se encontrará con la frialdad de unas puertas cerradas (Evangelii Gaudium 74, énfasis agregado).

La petición expresa es a la apertura, que involucra los espacios sagrados oficiales, sin embargo, al observarse distintos templos (Curridabat en Costa Rica, Catedral del Vicariato Apostólico en Petén, Guatemala, Iglesia de San Benito en Petén, Guatemala, Iglesia de Santa Elena, Petén) en horas cercanas a las 2 pm, se aprecia que se encuentran cerradas.

El hecho concreto son las puertas cerradas, el simbolismo del cierre es poderoso: con Dios se puede entrar en relación (esto es vivir la religión) en horarios establecidos por otros que deciden el cuándo y el cómo en lugar suyo (del creyente católico practicante regular), esos que deciden por otros son los jerarcas (párrocos), quienes se erigen en soberanos, que deciden por la feligresía y cierran al templo y desde allí el acceso a Dios. Al tomar la decisión de cerrar el espacio físico oficial también se arrojan el derecho de cerrar el acceso a la relación con Dios, sin embargo, los creyentes católicos practicantes regulares optan por transformar distintos espacios privados (sus casas) o públicos (parques y calles) en espacios geográficos para vivenciar lo sagrado”(pp. 210-211).


No resulta extraña la petición del jerarca a sus clérigos, ni extraño el clamor del pueblo… podría extrañar que las puertas sigan cerradas…


En el mismo texto del 2019 escribí: “Además, la apertura invocada por el Papa queda solamente en un asunto discursivo que no impacta las prácticas cotidianas de los jerarcas y que no impulsa un cambio en la ritualidad institucionalizada, sino que al resistirse, fortalece las maneras dominantes de gestionar los vínculos con lo sagrado. Del mismo modo, impacta las prácticas de los católicos practicantes regulares quienes desde su infancia han sido socializados y han internalizado el significado del templo como el lugar sagrado por excelencia, pues es el espacio propicio para encontrarse con Dios. Al cerrarse ese espacio, se impide el vínculo con Dios (lo sagrado) que consiste en un elemento esencial de las religiones, pues cabe recordar que el “religare” del origen etimológico de la palabra religión, en Occidente apunta a esa capacidad relacional.

El simbolismo profundo de la puerta cerrada, también, evoca un adentro de la institucionalidad católica que se encierra en sí misma, ¿Será acaso que el miedo ante un entorno cultural y social en el que ya no es la propuesta religiosa dominante les paraliza? ¿No es esto mismo lo que señalan ya los textos bíblicos cuando indican que los discípulos del fundador de la Iglesia estaban encerrados por miedo a los judíos? La apertura o cierre no es solo un asunto de horarios y ritualidades, es también una situación que implica revisión de las prácticas milenarias de una institución, que está perpleja ante tanto cambio social, cultural y religioso y que se aferra a un esquema de dominación, también milenario, que poco a poco va perdiendo efectividad desde las razones que se invocan para lograr la obediencia a sus órdenes, pues estas se cimentan en una autoridad en crisis: los escándalos administrativos en no pocas Iglesias, los duros cuestionamientos ante los casos de abusos (sexuales, de poder, económicos) por parte de clérigos y la poca respuesta efectiva de las jerarquías, van minando la autoridad y las razones para volverla legítima; además, habrá que sumar que las lógicas para que las personas organicen su vida individual y social (la de la cotidianidad) no pasan solamente por los saberes religiosos sino también y, mayoritariamente, por los de las racionalidades científicas” (pp.215-216).

Ojalá el clamor se escuche y se abran templos, y con ellos las mentes y el espíritu para acogersin más a las personas que quieren creer… 




 

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